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¿Para quiénes levantamos nuestra bandera hoy? ¿Quiénes la levantamos y por qué?

Cuando en 1937 Dominga de la Cruz Becerril corrió entre las balas de la Masacre de Ponce para levantar nuestra bandera, un solo pensamiento ocupaba su mente y su cuerpo: “El Maestro nos enseñó que la bandera nunca debe tocar el piso”. Increíblemente, sobrevivió. Como sobrevivió la orfandad, la muerte por hambre de sus hijas y la pobreza extrema. Como sobrevivió el exilio.

 

Siempre que pienso en Dominga levantando la bandera en medio de ese ataque infame, me pregunto: ¿Para quiénes levantamos nuestra bandera hoy? ¿Quiénes la levantamos y por qué?

 

A pesar del trabajo valiente y consistente de quienes nos precedieron, confieso que ha habido momentos en los que he sentido que nuestra bandera no es tan nuestra. No es de todas nosotras. No es de las mujeres. Tampoco de las personas LGBT. Ni siquiera de la gente negra de nuestro país, o de la gente que vive invisible en un mundo alterno de pobreza y privación. No es la primera vez que digo esto. He dicho que Puerto Rico me resulta una patria ajena. “¿Una patria ajena?”, se preguntarán. Sin embargo, cuando miras el país desde las orillas, como quien se asoma a una ventana para mirar el baile dentro de una casa ajena, como quien ve comer y beber sin ser invitada, como quien cierra la boca en la mesa de trabajo para que no noten tu presencia y te dejen estar allí, como quien se reconoce como la loca del barrio porque grita verdades que son extrañas para los demás, como quien pide espacio para hablar y le golpean con el libro de procedimiento parlamentario desde el podio, como quien escucha en silencio y una sonrisa agria las burlas, los chistes rancios machistas, homofóbicos, racistas y clasistas, como quien sabe que no está invitada a las luchas a menos que sea solo para obedecer los cánones del patriarcado que le hace el juego al capitalismo… cuando todo eso pasa, y entiendes que es desde ahí que se pretende hacer patria, te dices a ti misma que esa no es la patria que sueñas y que te mereces.

 

Y repito, ¿para quiénes levantamos nuestra bandera hoy? ¿Quiénes la levantamos y por qué?

A 130 años de su adopción como símbolo de nuestra nación, esa pregunta es incómoda y también urgente.

 

Nuestra bandera, esa que no debe tocar el piso, se pasea en tenis, agarraderas de cocina, dominós, calzones de boxeadores, conciertos de cantantes de moda y anuncios de todos los partidos cuando quieren despertar en el público un sentimiento patrio que, más que patrio, es una respuesta a las manipulaciones publicitarias. No nos engañemos, esas banderas no anticipan nuestra liberación. Al contrario, la despojan de su significado original, la convierten en una marca y en una herramienta para el lucro de los de siempre.

 

¿Para quiénes, por quiénes y por qué debemos levantar nuestra bandera hoy? Más que levantarla, hay que arrancarla del lodazal capitalista y colonial en el que está, quitársela de las manos a quienes tienen como única patria su propia riqueza. Para esa gente, la bandera tiene un significado oficial. Es el ELA, son los tres poderes del gobierno y se supone que representa la libertad y los derechos del individuo. Todas y todos aquí sabemos que eso es un espejismo. El gobierno colonial, que siempre ha sido nuestro enemigo, está en proceso de colapso. Lo que llaman los “derechos del individuo” son ahora los derechos que se reclaman desde el individualismo y con una agenda ultraconservadora que pretende llevar a las mujeres al pasado, instaurar un estado teocrático, secuestrar las mentes y el futuro de nuestra niñez, eliminar la gente vieja, militarizarnos, sacarnos de nuestras tierras y completar de una vez y por todas la expulsión del pueblo puertorriqueño de su territorio. Vivimos un genocidio ejecutado con guantes de seda y hay gente que lo aplaude mientras cuelga de su retrovisor una banderita de Puerto Rico con el triángulo azul oscuro.

 

Nuestra bandera nació como una afirmación nacional frente al colonialismo español y fue, por mucho tiempo, el estandarte de las luchas independentistas frente al colonialismo estadounidense. Con ella, Blanca Canales proclamó la república en 1950 y luego en 1954 Lolita Lebrón la desplegó en el Congreso. Nuestra bandera no nació para hacerle el juego ni al gobierno, ni al capital, ni a los sirvientes del poder que simulan una guerra entre partidos cada cuatro años.

 

Nuestra bandera nació para representar un ideario de libertad, esperanza y futuro.

 

¿Para quiénes levantamos nuestra bandera hoy? ¿Quiénes la levantamos y por qué?

Luego de todo lo que he dicho hasta ahora, ya imaginarán que contestar esta pregunta no es tan fácil como decir “por Puerto Rico y su gente”.

 

Tendríamos que preguntarnos cuántas personas viven con la herida abierta de sentirse en una patria ajena. Con ese hueco que te deja el no reconocerte en las imágenes que se construyen sobre el país, los espejismos de la abundancia y del consumo o en las tarimas políticas que ofrecen administrar la colonia. Esa misma gente mira al independentismo como algo ajeno. Total, si no tengo patria, ¿qué se supone que debo liberar? La desesperanza se convierte en un sedante que justifica el inmovilismo.

 

También tendríamos que preguntarnos qué papel juegan las luchas identitarias en el proceso de emancipación de nuestro país. ¿Cuánto ha fallado el independentismo al no verlas o al asignarles peso en sus espacios de reflexión y acción? Quien me conoce sabe que soy feminista y que soy parte de las comunidades LGBT. ¿Pero saben qué? También soy de la clase trabajadora y sé que las clases sociales a las que pertenecemos marcan el nivel de desigualdad que experimentamos en nuestras vidas. No es lo mismo ser una mujer en pobreza y privación que una mujer que vive en riqueza y con acceso al poder. No es lo mismo ser un hombre gay adinerado que pasea tranquilamente sus perritos en una calle de Santurce que un joven gay, pobre y negro en cualquier pueblo de nuestras montañas. No es lo mismo inventar estrategias, campañas, grupos de trabajo y discursos desde el privilegio que aprender a cantazos lo que es sobrevivir los desplazamientos, los ataques de la policía, la violencia machista y el agotamiento que te deja el sobrevivir la precariedad de manera cotidiana.

 

¿Incluir a las mujeres y a los demás grupos marcados por el discrimen en las luchas por nuestra libertad nacional? Claro que sí. Pero jamás dejar de lado el análisis de clase y la certeza de que a la hora de levantar nuestra bandera deberíamos hacerlo para que las y los apátridas que hoy nos miran con recelo se sepan invitados a la mesa de diálogo y de acción.

 

¿Para quiénes levantamos nuestra bandera hoy? ¿Quiénes la levantamos y por qué?

Ahora, quiero hablar de lo concreto. Compartir lo que he aprendido trabajando por la matria que sueño. Y créanme, esos aprendizajes incluyen el haber cometido errores y asumir sus consecuencias. Incluyen el saber mirar más allá de mí misma y, a veces, mirarme a mí y las cargas de mis privilegios y mis prejuicios. También mirar mis privaciones.

 

1.     Los partidos políticos son un instrumento y no un fin en sí mismos. Esto quiere decir que si un partido, o un colectivo político, nos divide y nos aleja de nuestro objetivo emancipador, será necesario evaluar su permanencia. Sin apego a una estructura. Con compromiso con la libertad.

2.     En tiempos de redes y del dominio de los algoritmos, ya no se sabe quiénes son las izquierdas y las derechas. Esto lo refuerza la falta de una agenda clara y unificadora. Es hora de construir una agenda de emancipación. No tiene que estar completa, basta con definir los primeros tres pasos.

3.     El caudillismo es un atajo tentador pero peligroso. Si recurrimos a caudillos, reforzamos el estado colonial y le damos poder al capitalismo porque destruimos la idea de que el poder real está en las bases del pueblo. Le facilitamos el trabajo a quien nos oprime: “Túmbale la cabeza al caudillo, expón sus pies de barro, y el movimiento entero se derrumba con él, o ella”.

4.     Hay que poner el cuerpo en cada rincón del país. Las experiencias digitales, las peleas en redes sociales, la dependencia de los medios de comunicación y la ausencia en el debate público (porque no nos atrevemos o estamos ocupadas) abonan a la desconexión con las comunidades.

5.     Una cosa es respetar la diversidad religiosa y otra es darle protagonismo en nuestras luchas. Las religiones institucionalizadas llevan siglos alimentándose del poder que les dan las desigualdades, la sumisión por fe y las prácticas colonizadoras. Son la antítesis de lo que necesitamos para adelantar una agenda en la que la gente pueda pensar, generar conocimientos y ser crítica del sistema.

6.     Las ideas no valen más que la humanidad.

7.     Hay que abrazar el caos para encontrar un orden que nos sirva a todas y todos. Hay que entender también que a veces ese orden es un núcleo rodeado de caos y que eso también está bien.

8.     La mesa de trabajo debe ser amplia, elástica, adaptable para dejar espacio a las discrepancias y las incomodidades. Cuando algo incomoda, antes de saltar a silenciar y cancelar, deberíamos preguntarnos si nos trae una verdad que no habíamos visto porque nuestra visión de mundo es limitada o abrazamos ideas por cansancio, moda o ignorancia.

9.     Estamos bajo ataque. Estamos en una situación de guerra de clases con el Estado como brazo ejecutor del capital y el patriarcado como lugarteniente. En una situación de guerra, la pretensión de vivir vidas ordinarias es insostenible. Ya no hay espacio para reformas.

10.  No hay que esperar por las mayorías. Hay que construir una masa crítica. Eso es lo mismo que decir, que las elecciones no son nuestro objetivo final, sino una batalla estratégica que no definirá jamás el resultado final.

 

Hace 130 años se adoptó nuestra bandera. En un mundo donde las mujeres no contaban, las personas negras apenas se habían liberado de las cadenas de la esclavitud, en donde los valores éticos que guiaban a quienes luchaban por una patria libre no habían sido enfrentados a los retos y desastres que ha enfrentado nuestra generación. En el Puerto Rico de hoy, el patriarcado está entronizado en la Legislatura y la Fortaleza. Somos víctimas de un capitalismo mezclado hasta en el agua que bebemos y poca gente distingue las nuevas caras del colonialismo financiero.  El derrumbe de nuestra propia imagen de país nos enfrenta a una imagen de la bandera que muy bien podría estar vacía si nosotras no le damos significado. Nos toca aferrarnos a ella, como Dominga, pero no porque lo dijo Albizu, sino por convencimiento propio. Hoy nos toca levantarla para que no toque el piso, o más bien, para que los traidores de siempre no la usurpen y la usen como estandarte de su mezquindad.

 

(Texto de referencia para el mensaje ofrecido el 21 de diciembre en el pueblo de Comerío en la actividad de aniversario de la adopción de la bandera convocada por el Comité Comerío Bandera y Nación)


 

* Pensamientos aleatorios que nacen de la reflexión posterior al mensaje:

 

a- Hay que perderles el miedo a palabras como socialismo y comunismo. Cada vez que hacemos como Pedro y negamos los vínculos de nuestras ideas con ambos conceptos, aumenta la desconfianza del resto del país. Piensan que algo ocultamos. Piensan que son malas palabras. Le damos poder a las estrategias de terror de los demagogos de siempre.

b- Yo quiero un Puerto Rico libre y soberano, para el pueblo, gobernado desde valores de justicia social, donde las clases sociales dejen de ser barreras y cada cual aporte desde sus posibilidades y reciba según sus necesidades. Si no luchamos con conciencia de clase, el día que seamos independientes, seremos un país dominado por la misma gente que nos gobierna ahora. Los mismos Rivera Schatz, Jenniffer González, Fonalledas, Ferrés, Calderón y el principado de los Hernández Colón.

c- Toda esa gente de “clase media” que vive con la esperanza de ser parte de la clase alta, nos paraliza con su echapalantismo. Ojalá encontremos cómo conectar con ese mundo de deudas, tarjetas de crédito y servidumbre.

d- Ser independentista y capitalista no cuadra dentro de mi corazón. Tampoco basta con ser “anticapitalista” y andar con los bolsillos llenos mientras la causa de la independencia necesita recursos para enfrentar al gobierno colonial. Esa es otra reflexión. ¿Para qué acumular dinero que no necesitamos?

e- No toda feminista es independentista. Tampoco es clase trabajadora. Hay un feminismo rosado y empresarial que repudio porque promueve la explotación de otras mujeres sin ningún tipo de cargo de conciencia.

f- No toda persona LGBT es aliada a pesar de sus opresiones. De hecho, hay estadistas, ppd´s y capitalistas avariciosos que impactan las luchas del colectivo y que no permiten que haya una conexión real con el ideario independentista.

 
 
 

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